Yolanda Ruiz: Dieciocho inviernos esperando a su hijo tras la tragedia en Pasta de Conchos

El último recuerdo que Yolanda Ruiz guardó aquella noche fue la sensación del frío, pero no se trataba del clima, sino de un frío profundo, ese que cala cuando algo no está bien y aún no se comprende la razón. Esta sensación marcaría el inicio de una larga espera para saber el destino de su hijo, Mario Alberto Ruiz Ramos.

Mario se despidió repetidamente de su familia antes de salir a trabajar, algo inusual en su rutina. Entraba y salía de la habitación para abrazar a cada integrante, especialmente a su padre, quien acababa de salir del hospital tras una operación de vesícula. Ese día, Mario acudió a visitarlo antes de partir, mostrando un gesto de cariño y responsabilidad familiar que resaltaba su carácter.

En el contexto de una inseguridad laboral palpable, homicidio industrial y omisiones históricas por parte de las autoridades y empresas mineras en La Raza Media, la labor minera se volvía cada vez más peligrosa. A pesar de advertencias para no acudir debido al frío intenso y la posibilidad de ausentarse un día, Mario decidió ir a trabajar, como siempre hacía, consciente de sus responsabilidades y del reciente nacimiento de su hijo varón, el tercero de la familia, quien apenas tenía unos meses de vida.

Antes de salir, llevó al bebé hasta la cama donde estaban reunidos todos y lo dejó bien abrigado, describiéndolo como un pequeño esquimal. Prometió regresar con chocolate y bisquetes, una promesa sencilla cargada de ternura que resonaría trágicamente por muchos años, pues esa noche Mario no volvió a casa.

La noticia de la tragedia no llegó a Yolanda por un llamado oficial, sino por la televisión, con titulares como «Tragedia en Pasta de Conchos», «65 mineros» y «Explosión». En un primer momento, no asimiló que Mario trabajaba en la mina ocho, confundida por los términos, hasta que su esposo rompió el silencio, llorando al confirmar que su hijo estaba atrapado en esa mina.

A pesar del dolor, Yolanda se aferró a la esperanza, motivada por rumores de sobrevivientes. Decidió asistir a misa, pero al escuchar al sacerdote referirse a los 65 mineros fallecidos, no pudo aceptar la conclusión final. Para ella, su hijo acababa de salir de casa y aún estaría con vida, reforzando su lucha por la verdad y la esperanza.

Los días se transformaron en meses, y estos en años. La mina fue clausurada por las condiciones peligrosas, impidiendo el rescate inmediato de los cuerpos. Sin embargo, Yolanda y su esposo continuaron visitando el lugar, como padres solidarios en una familia extendida marcada por el dolor y la resistencia ante la tragedia.

Durante dieciocho largos años, Yolanda nunca dejó de esperar. En 2024, comenzaron las labores de recuperación de restos, y el 20 de diciembre encontraron un cuerpo que podría ser Mario. La confirmación llegó en marzo siguiente gracias a un detalle inconfundible: en la tibia izquierda de Mario había una placa de titanio de treinta centímetros con once tornillos, registrada en sus radiografías que Yolanda conservaba con cuidado.

Cuando le comunicaron que realmente se trataba de su hijo, Yolanda no expresó gritos ni desmayos, sino una calma profunda y una certeza que solo da el saber finalmente dónde está quien tanto se busca. El alivio volvió a su corazón después de casi dos décadas de incertidumbre.

Desafortunadamente, su esposo no vivió para recibir esa noticia: falleció en 2021 tras una cirugía por tumores cerebrales. Sus últimos años estuvieron marcados por la esperanza que nunca pudo concretarse: reencontrar a su hijo.

Mario dejó tres hijos, entre ellos un joven de veinte años que llevaba en brazos aquella noche que Mario le prometió regresar con chocolate. Yolanda habla con orgullo de su hijo, rememorando su amabilidad, su inquietud y su aversión por trabajos enclaustrados. Más que minero, fue un buen hijo, un buen padre y un buen hermano.

Sin embargo, tras recordar estas cualidades, Yolanda guarda un silencio reverente en el que aún resuena aquella simple promesa que quedó por cumplir: el chocolate y los bisquetes que su hijo nunca llevó a casa.

Hay historias que no concluyen con el momento de la tragedia, sino cuando la tierra finalmente devuelve un nombre. Yolanda esperó dieciocho años para poder decir con la seguridad de que su hijo por fin regresó a casa, cerrando un capítulo doloroso con la esperanza restaurada.

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