El término «ninis» se ha popularizado para describir a un grupo de jóvenes que ni estudian ni trabajan, aunque esta etiqueta genera estigmatización y no logra abarcar la complejidad del fenómeno, explicó la investigadora Emma Liliana Navarrete López, de El Colegio Mexiquense A.C. Según su análisis, dicha denominación revictimiza a quienes la reciben y simplifica una realidad mucho más compleja.
Navarrete López reveló en entrevista con La Raza Media que cerca del 20 por ciento de los jóvenes de entre 15 y 29 años en el Estado de México se encuentran en esta situación, lo que se traduce en un total aproximado de 516 mil 852 personas que se enfrentan a este doble reto social. Esta cifra destaca la magnitud y urgencia del fenómeno entre la población juvenil mexiquense.
El trasfondo de esta condición apunta a un proceso de doble exclusión, ya que estos jóvenes no tienen acceso ni a espacios educativos ni laborales. Esta carencia limita su desarrollo integral y refleja la diversidad interna de este grupo, el cual no puede ser comprendido simplemente bajo la etiqueta «nini».
«Estos jóvenes enfrentan una doble exclusión pues están al margen de dos contextos que son fundamentales para su desarrollo: la educación y el empleo. En una etapa vital como la juventud, donde la interacción con sus pares es esencial, la escuela no solo provee aprendizaje sino también un entorno social indispensable para adquirir habilidades y crecer como persona», comentó la académica.
¿Cuánto tiempo permanecen sin estudiar ni trabajar?
La investigadora aclaró que el tiempo durante el cual un joven no estudia ni trabaja suele ser transitorio y se relaciona comúnmente con etapas de transición educativa, como el paso de secundaria a preparatoria o de preparatoria a universidad. También ocurre cuando concluyen su formación y están en búsqueda activa de empleo o de opciones para continuar estudiando.
«La categorización como ‘nini’ no nos ofrece una visión clara de la diversidad que hay dentro de este grupo y tiende a reforzar un estigma que los coloca en una posición de vulnerabilidad social innecesaria», agregó la especialista.
En investigaciones realizadas por El Colegio Mexiquense A.C., se observó que, en promedio, esta condición dura alrededor de seis meses. Durante este periodo, los jóvenes inician la búsqueda activa de empleo o acompañan los ciclos escolares que avanzan por semestres, haciendo común la temporalidad de esta situación.
Dentro de este grupo heterogéneo, destacan los «buscadores» que están activamente intentando ingresar al mercado laboral pero aún no lo logran. También se identifican quienes permanecen en el hogar realizando trabajos de cuidado y tareas domésticas, labor que recae mayormente en mujeres y que es fundamental para el funcionamiento cotidiano de sus familias.
«No se trata de jóvenes inactivos, sino de quienes asumen responsabilidades vitales como cuidar a sus hermanos pequeños, acompañar a familiares al médico o encargarse de gestionar pagos, desempeñando un papel esencial en el mantenimiento y sostenimiento de sus hogares», destacó Navarrete López.
Un subgrupo que requiere especial atención es el de los llamados «desalentados», jóvenes que, a pesar de contar con la edad y el potencial, ya no están disponibles para regresar ni al estudio ni al trabajo por desmotivación o agotamiento ante las dificultades persistentes para acceder a estos espacios.
«Este segmento representa a los jóvenes con mayores vulnerabilidades, pues se encuentran fatigados y desanimados tras reiterados intentos fallidos por conseguir empleo o continuar su educación, lo cual los lleva a abandonar cualquier búsqueda», indicó la investigadora.
Para el caso del Estado de México, Navarrete López concluyó que la mayoría de los jóvenes en esta situación son buscadores activos y quienes realizan trabajos de cuidado, lo que subraya la urgencia de diseñar políticas públicas específicas y focalizadas que atiendan las necesidades particulares de estos grupos con un enfoque integral e inclusivo.
Estos hallazgos evidencian no solo un problema de falta de oportunidades académicas y laborales, sino también la importancia de reconocer las distintas realidades y roles que estos jóvenes desempeñan, apuntando a la necesidad de romper con la simplificación estigmatizante del término «nini» y apostar por intervenciones sociales que promuevan su inclusión y desarrollo pleno.