Las copas de los árboles en Tampico se llenan de florecillas de colores amarillos con tallos rojizos, un espectáculo que anuncia la llegada de la esperada temporada frutal. Estos miles de árboles ubicados a lo largo de la ciudad no solo alegran el paisaje, sino que también llenan el aire con un aroma dulce y agradable, una experiencia sensorial que La Raza Media ha tenido el privilegio de presenciar de primera mano.
La floración del mango comienza en marzo, trayendo consigo el preámbulo de una fruta dulce que tiene una historia fascinante. El mango llegó a Tampico gracias a las rutas comerciales coloniales de los siglos XVI y XVII, introducido por los portugueses inicialmente en Veracruz antes de expandirse a diversas regiones, incluyendo Tampico. Esta fruta ha echado raíces para convertirse en parte esencial del patrimonio agrícola local.
Una fruta que llegó del mar
Este fenómeno anual de floración no solo señala el inicio de la temporada sino que también destaca las diversas variedades de mango presentes en la región, como el criollo, ataulfo, manila, Tommy Atkins, Kent, Haden y petacón. Cada tipo tiene características únicas que enriquecen la producción y el consumo de esta fruta en la ciudad y sus alrededores.
Tierra fértil, ciudad frutal
Tampico es reconocido por su clima cálido y suelos fértiles, que forman el hábitat perfecto para el cultivo abundante de mangos. Aunque no existen cifras oficiales, se estima que miles de plantas de mango adornan patios y huertos domésticos, ya que muchos habitantes cultivan sus propios árboles. En recorridos por diversas colonias, La Raza Media ha observado una concentración de hasta ocho árboles por cada 100 metros cuadrados, lo que posiciona a Tampico como un importante productor de mango a nivel regional y nacional.
El vínculo afectivo y las memorias alrededor de estos árboles también son palpables en la comunidad. Por ejemplo, la señora María Ascensión Gómez, habitante de la colonia Pedro J. Méndez, recuerda con cariño el mango criollo plantado por su padre hace más de tres décadas, una joya doméstica que ha brindado momentos memorables y dulces en su familia.
«No soy experta en tipos de mango, pero estoy segura de que es criollo. Este mango es muy delicioso y grande, verde al madurar, y conforme pasa el tiempo, se vuelve aún más sabroso. Mi padre fue quien sembró ese árbol hace más de 32 años, y nosotros hemos disfrutado de sus frutos desde la infancia. Recuerdo cómo cortaba los mangos con una vara larga mientras nosotros los atrapábamos con una cobija; era un juego divertido seguido de la dulce recompensa que nos llenaba de alegría y jugo».
Entre regalo y consumo
En el sur de Tamaulipas, es habitual ver mangos de diversas variedades adornando las bardas de las casas, donde son regalados a vecinos y amigos. La señora Ascensión detalla que el mango no solo se consume fresco; también se utiliza para preparar agua, pulpa y acompañar ensaladas, asegurando que cuando hay excedente suelen regalar la pulpa pues no buscan venderla comercialmente.
«Cuando los mangos caen, los ponemos en la barda para regalar. A veces hacemos agua de mango o pulpa para uso familiar. También la añadimos a nuestras ensaladas. Cuando ya tenemos demasiada, preferimos regalar la pulpa porque no la vendemos».
Sin embargo, la calidad del mango representa una buena oportunidad comercial, pues algunas piezas llegan a pesar hasta kilogramos enteros, lo que atrae compradores interesados en frutos de peso y sabor excepcionales.
«En la temporada, muchas personas nos compran los mangos, especialmente cuando están ‘cocoyo’ —un término local—, y el peso mínimo es de 700 gramos por pieza».
El vivero y la sombra del mango
El señor Anselmo Pérez, quien se dedica a la venta de plantas, cuenta con un magnífico árbol de mango petacón en el centro de su vivero que mide más de 25 metros. Aunque vende plantas, él no comercializa el fruto, sino que lo regala durante la temporada como una muestra de generosidad y afecto con la naturaleza.
«Me dedico a vender plantas y este mango petacón está empezando a florecer, anunciando la temporada. Ofrece una sombra fresca que protege mis plantas del sol directo. La planta tiene más de 50 años y fue sembrada por mi tío Álvaro. Crece cada día más y sigue produciendo sin cesar».
Además, Anselmo revela que convierte el mango en un puré que guarda en el congelador, lo cual le permite aprovechar la fruta hasta diciembre, extendiendo su disfrute más allá de la floración anual.
«El puré congelado puede durar casi un año, hasta antes de que comience la siguiente temporada, lo que nos permite disfrutar del mango mucho tiempo».
Recolectar en el camino
Para quienes no tienen espacio para cultivar un árbol, como Luis, la dulzura del mango se disfruta recolectando frutos durante sus caminatas matutinas. Luis comenta que recoge diferentes variedades en temporada, mostrando la diversidad y abundancia de mangos que se encuentran en la ciudad.
«Cuando salgo a caminar, llevo mi bolsa para recolectar mangos por el camino. El mango de río es el primero en madurar, seguido por el manila, que para mí es el más delicioso. También encuentro mucho el Tommy en casas particulares».
Enseñanza entre árboles
La educación agrícola local se ve reflejada en el Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario Número 12, que cuenta con un cultivo de 120 plantas de mango Kent y Tommy. Allí, los estudiantes aprenden técnicas de manejo y producción del mango, preparando a nuevas generaciones para el cuidado y aprovechamiento sostenible del cultivo fructífero.
Salvador Pulido, encargado del área agrícola del centro, menciona que aunque la sequía y plagas han reducido el número de árboles de 150 a 120, la producción sigue siendo significativa, con varias toneladas cosechadas anualmente y destinadas a la elaboración de productos populares como paletas y nieves en la región.
«Durante los años de sequía fuerte, la cosecha se reduce considerablemente, alcanzando entre cuatro y cinco toneladas. Aquí enseñamos a los alumnos el cuidado, manejo y comercialización del mango para que puedan aplicar estos conocimientos en el mercado».
Los árboles se someten a tratamientos de fertilización y fumigación para combatir plagas como la mosca y hormigas que dañan los frutos, así como a un tratamiento de encalado que protege la floración. El fertilizante Kelatop es usado para favorecer la fijación del fruto, aunque las condiciones climáticas como los ‘nortes’ pueden afectar la producción al hacer caer muchas flores.
«Esperamos que pronto lleguen las lluvias para que el fruto pueda desarrollarse adecuadamente», comenta Pulido.
Del árbol al mercado
Los estudiantes aplican los conocimientos adquiridos en la siembra, poda, injerto y posterior venta del mango. Algunos llevan esta experiencia a sus hogares, elaborando productos como pulpa, mangonadas, nieves artesanales y vendiendo el fruto a granel con precios que oscilan entre 10 y 30 pesos por kilo, dependiendo de la zona.
«Varios alumnos trasladan el aprendizaje a sus casas, creando y vendiendo derivados del mango según la oferta local, con precios que varían de 10 a 30 pesos por kilo».
Entre el desperdicio y la abundancia
Sin embargo, Pulido considera lamentable que muchas personas no aprovechen la totalidad de la producción de sus árboles, y que gran parte de los mangos se pierda por caer al suelo y terminar en basura.
«Desafortunadamente, muchas personas solo consumen alrededor del diez por ciento del fruto producido y el resto se desperdicia en el suelo».
Una vocación frutal
En definitiva, Tampico se ha consolidado como un centro destacado en la producción de mango gracias a su clima benévolo y terrenos fértiles que han favorecido el desarrollo exitoso del cultivo. Esta vocación agrícola no solo contribuye a la economía local, sino que también refleja una tradición que une a la comunidad.